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Mensaje a mi Pueblo

 

Deseo que no se me rinda ninguna clase de honores ni recordatorios oficiales póstumos, los que desde ya declino por completo. En más de cuarenta años de injusto exilio por el delito de desear un destino más justo y digno para mi país, he recibido el reconocimiento y el afecto de mi pueblo, de su juventud, de su gente sencilla y humilde. Es la mejor honra y recompensa a que puede aspirar un escritor que dedicó su vida y obra a esta causa. Prefiero estar secretamente en el corazón de mi pueblo que convertido en nombre público de una calle cualquiera.

Mi mensaje póstumo a la juventud paraguaya es que continúe aportando su lucha generosa y desinteresada, más allá de los meros intereses político partidistas en una noción global y globalizadora en favor de la grandeza intrínseca de la patria en el contexto de la patria grande americana, de la justicia social para todos sus habitantes, en pro de la preservación de la identidad y dignidad de nuestras poblaciones indígenas. La producción de valores culturales solo adquiere su real sentido en una concepción abierta y universalista.

En esta nueva era del mundo que inaugura un nuevo milenio en medio de enormes riesgos, pero también de posibilidades inéditas, el Paraguay debe dejar de ser, por obra de sus jóvenes de ambos sexos, la "isla rodeada de tierra" que marcó en los paraguayos una mentalidad y una sensibilidad de isleños y restringió su crecimiento y expresión cultural.
Sin negar sus esencias y raíces, la vida, la producción cultural de nuestro país deben abrirse a la prodigiosa multiplicidad del mundo y penetrar profundamente bajo la piel del destino humano en busca y revelación de sus enigmas y contradicciones, de sus posibilidades y sus límites.

 

 

Augusto Roa Bastos